Elecciones presidenciales – Discurso de investidura de Emmanuel Macron, presidente de la República

París, 14 de mayo de 2017

Señoras y señores,

El pueblo francés eligió el pasado 7 de mayo, como bien ha recordado, la esperanza y el espíritu de conquista.
El mundo entero observó la elección presidencial francesa. Todo el mundo se preguntaba si los franceses elegirían a su vez un repliegue sobre un pasado ilusorio, si romperían con el movimiento del mundo, si abandonarían el escenario de la Historia, cederían a la desconfianza democrática, al espíritu de la división y darían la espalda a la Ilustración, o si, por el contrario, abrazarían el futuro, se darían un nuevo impulso colectivo, reafirmarían su creencia en los valores que han hecho de ellos un gran pueblo.
El 7 de mayo los franceses eligieron. Quiero darles desde aquí las gracias.

La responsabilidad que me han encomendado es un honor, y soy muy consciente de su importancia.

El mundo y Europa necesitan hoy, más que nunca, a Francia. Necesitan una Francia fuerte y segura de su destino. Necesitan una Francia que defienda alto y claro la voz de la libertad y de la solidaridad. Necesitan una Francia que sepa inventar el futuro.
El mundo necesita aquello que las francesas y los franceses siempre le han enseñado: el arrojo de la libertad, la exigencia de la igualdad, la voluntad de la fraternidad.
Pero desde hace varias décadas Francia duda de sí misma. Siente que su cultura, su modelo social, sus creencias profundas se ven amenazadas. Duda de aquello mismo que construyó el país.
Por ello, dos exigencias guiarán mi mandato.
La primera consistirá en devolver a los franceses la confianza en sí mismos, tan debilitada desde hace demasiado tiempo. Quiero asegurarles que en ningún momento pensé que volvería por arte de magia la noche del 7 mayo. Será un trabajo lento y exigente pero indispensable.
Deberé convencer a las francesas y a los franceses de que Francia, que parece verse hoy afectada por los vientos que a veces soplan en contra del curso del mundo, cuenta con todos los recursos para ser una nación de primer orden.
Convenceré a nuestros compatriotas de que la potencia de Francia no está en declive, sino que estamos en puertas de un renacimiento extraordinario, porque disponemos de todas las bazas que harán y que hacen a las grandes potencias del siglo XXI.
Para ello no cederé un ápice en los compromisos que he adoptado con los franceses. Se pondrá en marcha todo aquello que contribuya al vigor y a la prosperidad de Francia: se liberará el trabajo, se apoyará a las empresas, se fomentará la iniciativa.
La cultura y la educación, mediante las cuales se construye la emancipación, la creación y la innovación, estarán en el centro de mi actuación.
Las francesas y los franceses que se sienten olvidados por este amplio movimiento mundial deberán sentirse más protegidos. Se refundará, reinventará, fortalecerá todo aquello que forja nuestra solidaridad nacional. Se reforzará la igualdad frente a los accidentes de la vida.
Se amplificará todo aquello que hace de Francia un país seguro en el que se puede vivir sin tener miedo. Se defenderá la laicidad de la República, se revitalizarán nuestras fuerzas del orden, nuestros servicios de inteligencia, nuestros ejércitos.
Se refundará y se dará un nuevo impulso a Europa, a la que necesitamos, ya que nos protege y nos permite promover en el mundo nuestros valores.
Nuestras instituciones, que algunos han desacreditado, deben recuperar, a ojos de los franceses, la eficacia que ha garantizado su duración en el tiempo. Porque creo en las instituciones de la V República y haré todo lo que esté en mis manos para que funcionen de conformidad con el espíritu que las vio nacer. Para ello, velaré por que se dé en nuestro país un aumento de vitalidad democrática. Los ciudadanos tendrán voz y voto. Se les escuchará.

En este combate, necesitaré a todo el mundo. Se apelará a la responsabilidad de todas las élites -políticas, económicas, sociales, religiosas- de todas las instancias constitucionales de Francia. No podemos seguir refugiándonos detrás de usos o de costumbres en algunos casos atemporales. Debemos recuperar el sentido profundo, la dignidad de lo que nos reúne hoy: actuar de forma justa y eficaz para nuestro pueblo.

Francia solo es fuerte si es próspera. Francia solo es un modelo para el mundo si es ejemplar.

Y ahí está mi segunda exigencia.
Por haber devuelto a los franceses el interés por el futuro y el orgullo de lo que son, el mundo entero escuchará la voz de Francia.
Por haber sabido superar juntos nuestros temores y nuestras inquietudes, daremos juntos el ejemplo de un pueblo que sabe afirmar sus valores y sus principios, que son los de la democracia y la República.
Mis predecesores han realizado esfuerzos destacados en este sentido y quiero rendirles homenaje.
Es el caso del General de Gaulle, que trabajó para enderezar Francia y devolverle su lugar en el concierto de las naciones. Es el caso de Georges Pompidou, que hizo de nuestro país una potencia industrial de primer orden. De Valéry Giscard d’Estaing, que supo hacer entrar a Francia y su sociedad en la modernidad. De François Mitterrand, que acompañó la reconciliación del sueño francés y del sueño europeo. De Jacques Chirac, que nos elevó al rango de nación que sabe decir «no» a los belicistas. De Nicolas Sarkozy, que no ahorró energía para resolver la crisis financiera que tan duramente golpeó al mundo. Y es el caso, por supuesto, de François Hollande, que fue un precursor con el Acuerdo de París sobre el clima y que protegió a los franceses en un mundo golpeado por el terrorismo.
Su obra, sobre todo en las últimas décadas, se ha visto demasiado a menudo impedida por un clima interno nocivo, por el desánimo de las francesas y los franceses que se consideraban injustamente desfavorecidos, degradados u olvidados. El mensaje de Francia al mundo a veces se ha visto debilitado por una situación nacional paralizada por el temor e incluso por la desconfianza.
Hoy, señoras y señores, ha llegado el momento de que Francia se alce a la altura del momento. La división y las fracturas que recorren nuestra sociedad deben ser superadas, ya sean económicas, sociales, políticas o morales, porque el mundo espera de nosotros que seamos fuertes, sólidos y lúcidos.
Francia tiene una misión relevante en el mundo. Asumiremos todas nuestras responsabilidades para aportar, siempre que sea necesario, una respuesta pertinente a las grandes crisis contemporáneas. Ya se trate de la crisis migratoria, del desafío climático, de las derivas autoritarias, de los excesos del capitalismo mundial y, por supuesto, del terrorismo; ya nada golpea a unos sin afectar a los demás. Somos todos interdependientes. Somos todos vecinos.
Francia velará por estar siempre del lado de la libertad, de los derechos humanos, pero siempre para construir una paz duradera.
Tenemos una responsabilidad inmensa: corregir los excesos de la marcha del mundo y velar por la defensa de la libertad. Esa es nuestra vocación. Para ello, necesitaremos una Europa más eficaz, más democrática, más política, ya que es el instrumento de nuestra potencia y de nuestra soberanía. Trabajaré en ello.
La geografía se ha contraído de forma notable. Pero el tiempo se ha acelerado. Vivimos en un periodo que decidirá el destino de Francia para las próximas décadas. No lucharemos únicamente para esta generación, sino para las generaciones futuras. Nos corresponde a nosotros, aquí y ahora, decidir en qué mundo vivirán esas generaciones. Quizá sea esa nuestra mayor responsabilidad.

Debemos construir el mundo que se merecen nuestros jóvenes.

Sé que las francesas y los franceses esperan mucho de mí en este momento. Tienen razón, pues el mandato que me confían les da el derecho a tener una exigencia absoluta sobre lo que haga. Soy plenamente consciente de ello.
No se hará ninguna concesión a la facilidad ni a los compromisos. Nada debilitará mi determinación. Nada me hará renunciar a defender en todo momento y en todas partes los intereses superiores de Francia.
Tendré, al mismo tiempo, la voluntad constante de reconciliar y de reunir a todos los franceses.
La confianza que las francesas y los franceses me han demostrado me llena de una energía inmensa. Mi actuación estará impulsada por la certeza íntima de que podemos escribir juntos una de las páginas más hermosas de nuestra Historia.
En aquellos momentos en los que se puede producir un vuelco, el pueblo francés siempre ha sabido encontrar la energía, el juicio, el espíritu de concordia para construir un cambio profundo. Estamos en ese punto. Serviré humildemente a nuestro pueblo en esa misión.
Sé que puedo contar con todos nuestros compatriotas para llevar a cabo esta tarea ingente y emocionante que nos espera.

Por mi parte, me pondré a trabajar esta misma tarde.

Viva la República. Viva Francia.

Dernière modification : 16/05/2017

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